jueves, 19 de septiembre de 2019



El camino a las especias

Rucena Rodríguez

Cristóbal Colón dijo a la reina Isabel de España y Fernando de Castilla y Aragón que, si iban por occidente a la India, tendrían menos problemas y seguramente menos piratas. ¿Qué problemas?, ¿Qué piratas? Se sabe que en Europa estaban locos por las especias como el clavo de olor y la canela. Pero en el recorrido por oriente, de camino a la India tenían alguno que otro enemigo y unos cuantos piratas.

¿Y de donde salieron esos enemigos? Empecemos por los romanos. En el año 330 el imperio romano conquistó tierras turcas (aunque ellos mismos no se decían turcos, se llamaban otomanos y a los otomanos los españoles les decían moros, ¡Qué confusión!). Los romanos invadieron las tierras de los otomanos y les impusieron su cultura, sus leyes y sus creencias en un bonito lugar que llamaron Constantinopla y la convirtieron en su capital. Se quedaron por muchos, muchos siglos.

Pero, de repente, un martes de fecha 29 de mayo de 1453, los turcos, terminaron de recuperar Constantinopla. Ni siquiera busques el imperio otomano en Google maps porque no lo vas a encontrar, ahora se llama Turquía y Constantinopla se llama Estambul.

Y, ¿qué tiene que ver todo esto con Cristóbal Colón? Pues, que los moros no solo recuperaron su tierras sino que conquistaron parte de la península española por otros buenos siglos, sin embargo, el  2 de enero de 1492 la reina Isabel expulsó a los moros de su territorio, por lo que estaba muy contenta, los que no estaban muy contentos eran los barcos que traían las especias de la India ya que tenían que pasar por África y Turquía y ya se sabe que los africanos tampoco estaban felices con los españoles por que los tenía como esclavos y los turcos estaban demasiado enojados por que los habían sacado de España.

Entonces Cristóbal Colón les dijo a los reyes de España que él pensaba que podían llegar a la India, ya no por el oriente sino por el occidente. Suponía que podía encontrar la forma de llegar por el otro lado sin tener que ver a los enojados africanos ni turcos. Los reyes habrán pensado: -Bueno, si este marinero quiere ir, ¡pues que vaya!, total, si encuentra algo será bueno para nosotros-. Claro, sabían que la travesía podía costar la vida de Colón y casi ocurre, justamente, de esa manera.

Se fueron Colón y sus barcos con dirección a la India por el occidente el 3 de agosto de 1492, bueno, según ellos camino a la India. Durante la travesía, cada día el barco avanzaba como cuarenta leguas, Colón pensaba que a las 800 leguas ya estarían en la India, pero el 6 de octubre estaba preocupado, porque según sus cálculos ¡Ya deberían estar en la India!, ¡¿Dónde estaba la India?! ¡¿Dondeeeee?!

Los marineros se amotinaron y le dijeron que si no encontraban tierra en tres o cuatro días lo tirarían al mar y volverían a sus casas sin él. Es que ya no había qué comer y algunos estaban empezando a enfermarse y uno que otro extrañaba a su mamá.

Colón tuvo muchísima suerte, pues el 11 de octubre de 1492, su marinero Rodrigo de Triana gritó ¡tierra, tierra! Cristóbal Colón contó el alboroto que armaron los marineros: Bailaban, cantaban, gritaban, se arrodillaban dando gracias y lloraban, otros se abrazaban, algunos le besaban la mano a Colón.  

Por fin llegaron en la madrugada a pisar tierra en Guanahani, y como Colón sabía que esa tierra lo había salvado de que sus marineros lo conviertan en puré, la llamó San Salvador. Todos estaban felices, contentos, pero ¿por fin encontraron el camino a las especias? Pues no, pero encontraron el camino a algo mejor: la papa, el maíz y el chocolate.

jueves, 9 de mayo de 2019


EMILIA Y LA ESCUELA
                                                Rucena

¡Emilia! ¡ve a dormir de una vez! ¡Mañana empieza la escuela! Grita una voz.

Emilia no puede ir a dormir, está en medio de un tema serio con esos muñequitos de la compu, como le dice su mamá. Pero no es solo es eso, Emilia administra toda una ciudad en su Tablet y no puede irse a dormir por que como alcaldesa de su ciudad tiene que resolver la manifestación que hay fuera de la alcaldía por que los camiones de basura no llegan a recoger a tiempo la basura de toda la ciudad. Ella sabe que es porque su ciudad ha crecido rápidamente y todavía tiene que pensar en la fábrica que se ha mudado del pueblo vecino y está a punto de contaminar el río. ¡No puede ir a dormir todavía!

-      -¡Mamá, no puedo ir a dormir! ¡Mi ciudad, mamá!-

Su madre le da un ultimátum y le dice que la dejará jugar cinco minutos más en la Tablet, Emilia acepta, aunque sabe que para resolver el problema de la manifestación le tomará más de cinco minutos, porque tiene que comprar más camiones para el recojo de la basura y ampliar el vertedero de basura que ya quedó pequeño. Si se va a dormir con ese problema, mañana sería mucho peor.

Emilia ya ha comprado algunos camiones que, inmediatamente se dan a la tarea de recoger la basura y la manifestación se va terminando, cuando los últimos camiones están por ser comprados, Emilia escucha la voz furiosa de su madre:

-     - ¡Emilia! Mañana comienza la escuela. ¿Te fijaste si ya tienes un lápiz y un cuaderno, al menos, en tu mochila?, ¿Tienes zapatos limpios? Emilia, Tu uniforme ¿está listo? Por favor, ¡ya no eres una niña! Mira a Sebastián, está tan contento que ya tiene listo todo y ya está dormido-

-     - Claro, Mañana es el primer día de Sebastián en la escuela, seguro piensa que es como el kínder, qué chasco que se va a llevar, si la escuela es tan difícil-

-      ¡Deja de hablar Emilia! Deja esa Tablet y ordena tus cosas para mañana-

Emilia refunfuña, mira a su madre de costado, frunce la frente, cierra los ojos casi por completo y arruga la nariz. Suelta un ruido por la boca muy parecido a un bufido de toro. Y se dirige hacia su cama, termina de organizar su material, se asegura que sus zapatos estén limpios y su uniforme bien planchado.  Se duerme, ya sin mucha preocupación por que ha disuelto la manifestación en su ciudad y ya mañana verá qué hace con la fábrica que contamina el río y el vertedero.

Emilia dormía plácidamente cuando la despierta su secretario:

- ¡Señora alcaldesa!, ¡Despierte!, tenemos un problema, vamos-

- Pero no puedo ir a trabajar, debo ir a la escuela, hoy es mi primer día-

- ¡No, no! señora alcaldesa, no puede. Tiene que ir a trabajar, el vertedero de basura ha explotado esta mañana de tanta basura que ha llegado por la noche-


Emilia piensa que es culpa de su madre, si tan solo le habría dejado ampliar el vertedero antes de ir a dormir.

-      Además, señora alcaldesa, algunos peces del río han comenzado a hablar pidiendo mejores condiciones de vida, nuestro experto dice que es por culpa de la contaminación de la fábrica que ellos comenzaron a hablar.

-     - ¿Pero qué me dice secretario? ¿Peces que hablan? -

-  - ¡Corra por favor, vístase, levántese de la cama, tenemos problemas serios, señora alcaldesa!-

-     - ¡No, no!, tengo que ir a la escuela, a penas empiezo cuarto, por favor, no-

Emilia quiere liberarse de los zarandeos del secretario, pero no puede, escucha su nombre una y otra vez: ¡Fuera de la cama Emilia, fuera de la cama! En el forcejeo Emilia se cae de la cama, y asustada abre bien los ojos.  Mira unos pies con un par de pantuflas ¿El secretario de la alcaldía en pantuflas?, ¿Qué? Sube la mirada y es su madre con rostro serio que le dice:

-¡Eso es lo que pasa por dormir tarde señorita! Casi no despiertas-

A Emilia le vuelve el alma al cuerpo, se levanta apresurada y sin que su madre diga una palabra más se va a dar un baño, se alista cantando y se va feliz a su primer día de clases con su hermanito de la mano. 

-¡Qué suerte que solo fue un sueño!, la escuela es mejor y más divertida, tengo que aprender muchas cosas todavía para resolver problemas en el futuro, pero hoy no, hoy voy a estudiar, divertirme y charlar con mis amigos-








jueves, 7 de marzo de 2019

¡Yuridia presidente!

 Rucena Rodríguez 
Yuridia soñadora, Yuridia muy prudente,
Camina con sus padres, con las bolsas calientes.
Están lista las tortillas, los panqueques y el pan de casa,
Desde las cuatro de la mañana que sus papás amasan.

Montados los tres en un coche viejo
¡Pero el coche por lo menos camina!
Van su padre, su madre
Y la pequeña Yuridia,

Instalan el puesto callejero
Bien ordenado y limpio como casa, 
Han colocado con mucho esmero
Las galletas, el pan, los pasteles y otras masas.

Yuridia tiene velocidad matemática
Porque a ella le gusta cobrar
Y su maestra siempre le dice:
¿Hoy también nos vas a asombrar?

Hoy es un día especial en su aula,
Han decido nombrar presidente;
Yuridia piensa que como es tan organizada
Puede ser una líder muy diligente.

Su corazoncito salta y levanta la mano,
Quiere proponerse sin ningún desgano,
Su confiancita crece y le dice a los presentes:
¡Me propongo para presidente!

Jaime la mira con desdén arrebatado
Y le grita a la profesora, preocupado
Pero maestra, maestra, ¡mire usted!
¿Para presidenta? ¡Si ella es mujer!

Yuridia no le escucha,
Su padre siempre le repite:
Si tú quieres no hay barreras
Si tú quieres, todo es posible.

Los comicios han comenzado,
Jorge y Yuridia compiten,
Jorge 14 votos, Yuridia 19
¡Las mujeres han ganado!

sábado, 2 de marzo de 2019

CUENTOS DE HONDURAS
¡VAMOS AL GUANCASCO!
Rucena Rodríguez Q.

Algunos dicen que los lenca son parientes de los mayas y otros dicen que no. Lo que sí es seguro es que son grandes artesanos, expertos agricultores y gente de bien.

Cuentan que el viajero investigador Squier escuchó que los indios de Guajiquiro (La Paz) llamaban a su lengua “lenca” y como habían otros pueblos cerca, Squire decidió llamarles a todos lenca. A los Care, a los Cerquin,  a los Poton, y talvez a algunos otros. Squire habrá dicho:

-      ¡Caramba! Son muchos nombres y me olvido, yo los llamaré lenca ¡y punto!-

Todos estos pueblos se parecían en sus costumbres, aunque no vivían muy cerca unos de otros. Pero había un pequeño problemita: cada grupo o pueblo tenía un linaje de guerreros, y  ya sabemos que pasa cuando hay guerreros. Claro, se peleaban todo el tiempo entre ellos.

Había cuatro pueblos principales que hablaban la misma lengua, pero que igual se peleaban. Un día, el cacique o jefe de un pueblo les dijo a los otros tres:

-      - ¡Ya basta! Ya no nos tenemos que pelear por que hablamos la misma lengua y nos podemos entender, entonces hagamos un pacto de paz-

Bueno, en realidad talvez no pasó exactamente  eso, pero lo que sí es seguro  es que hicieron el pacto de paz. Para festejar tremendo acontecimiento, los cuatro pueblos hicieron una gran fiesta y la llamaron “El guancasco” que significa nada más ni nada menos que “El encuentro”.

Esta fiesta se celebra todavía en varia poblaciones lenca y se arma todo un alboroto porque un pueblo visita al otro, llevando a su Santo Patrón para que salude al Santo Patrón de la comunidad que visitan. Salen en romería con tambos y flautas y festejan todos juntos la unión y la paz por varios días.  Si alguna vez llegas por Comayagua o por La Paz, en la fecha correcta talvez te inviten al guancasco y puedas comer una marraqueta de maíz, tu tamalito y unas ricas tortillas, porque todos son bienvenidos. Y en tu región ¿Festejan todavía el guancasco?
Datos históricos obtenidos de www.honduranart.com


CUENTOS DE HONDURAS
MI PELO ES MI IDENTIDAD

Inspirado en las historias de Afrofemeninas
y las niñas de la comunidad garífuna Triunfo de la Cruz en Honduras
Rucena Rodríguez

Soy Hathy (nombre garífuna que significa luna, se pronuncia Jati). Me fui a vivir a otra  cuidad de Honduras. Tuve que cambiar de escuela. La primera vez que fui a la nueva escuela con mi pelo suelto,  mis nuevos compañeros y compañeras que no habían visto un cabello como el mío, antes, se rieron. Todos y todas lo querían tocar, cuando llegué a casa pregunte a mamá, -¿Qué tengo, mamá? ¿Por qué los niños y las niñas se asombraron al ver mi pelo?-

La primera vez que llevé dos colas  maravillosamente esponjadas, entré al aula y ocurrió lo mismo. Una niña me dijo: -¡Parecen pompones! -¿Si te estiro fuerte te duele?- ¡Claro que me dolía! Pero también me dolía el corazón. Al volver a mi casa le dije a mi madre -Por favor, ¡sujétame el pelo, mamá, no lo sueltes!-.

Luchaba con mi cabello todos los días. .-Quiero tener el pelo como las demás niñas, mamá- Pero mi mamá no se recoge el pelo, se lo deja suelto o en unas hermosas trenzas coloridas. Ella me abraza, sonríe, y siempre me dice: -Te amo y debes amarte tú tal como eres. No hagas caso, tu pelo es hermoso como el mío y como el de tus abuelas, tu pelo es tu identidad-.

Me di cuenta que mi pelo me hace especial y única, me encanta libre y alborotado, no lo cambiaría por nada, tampoco a mis hermosas y únicas trenzas con vinces de colores, ¡las adoro!

He vuelto a mi Comunidad  y he regresado a mi tierra Sangrelaya.  Ahora enseño a las niñas más pequeñas a peinar el cangaro con hermosas trenzas y vinces de colores que son una  obra de arte y siempre hago lo mismo, las abrazo y les digo – Ámate tú, eres distinta y especial, nadie lo sabrá si tú no lo sabes-. Sé que todo lo que pasé puede ayudar a niñas que en algún momento se sienten o se sintieron como me sentía yo y les diré siempre que deben saber que son preciosas.

Inspirado en escritos de www. Afrofemeninas.com
Agradecimentos a Saira Álvarez por su retroalimentación contextual.


CUENTOS DE HONDURAS

Una historia del abuelo José
Adaptación de un escrito de F. Barralaga
Rucena Rodríguez

Soy Salvador, tengo 9 años y soy lenca, vivo en la zona alta de Intibucá. Yo siempre me acuerdo de mi abuelo y de sus historias. Él tenía 80 años cuando se fue para el cielo, se llamaba José. Me narraba historias fantásticas de cuando no habían tantas ciudades y los lenca vivían felices.

Mi abuelo José se acordaba de su niñez ahí, echado en su hamaca. Sus ojos miraban fijamente la fogata que calentaba en la noche, mientras que la luna llena alumbraba todo el lugar como un farol. De repente, se quedaba quieto, inmóvil, como una imagen de barro negro, y se reía acordándose de cuando era niño, me miraba y me decía:

-Salvador, yo fui un niño afortunado-

Entonces yo ya sabía que me contaría historias increíbles de cuando no había edificios ni autos, ni tanta gente. Yo me sentaba, desde que me acuerdo, a lado de mi abuelo y lo escuchaba.

-¡Salvador!-, decía mi abuelo. -Yo crecí cuidado por muchos padres y madres y muchísimas hermanas y hermanos, hicimos muchas travesuras y aprendimos muchos juegos. Todas las mujeres de la aldea eran mis mamás ya que todas nos cuidaban, y había una en especial que siempre me decía que me había llevado en su pancita, pero todas mis demás mamás me dieron algo especialmente hermoso que recordar.

Los hombres adultos, también se ocupaban de todos nosotros sin distinción, así que teníamos muchos papás. Nuestros padres, eran inmensamente felices cuando les pedíamos jugar con nosotros. Salían de mañana a cazar o a pescar, en grupos, riendo y haciéndose bromas entre ellos, o salían a ver los cultivos, pero siempre, cuando el sol estaba muy alto, regresaban a ocuparse de nosotros los niños y de las mujeres de nuestra tranquila comunidad-.

Yo me quedaba callado, imaginándome cómo sería vivir así, mi abuelo José también se quedaba callado y se reía solito. Recordaba y decía:

-Sabes, Salvador, había un anciano que siempre me sonreía con ternura, mientras, divertido, me miraba. Estaba muy viejito, por eso no salía con los grupos de hombres, y junto con los otros ancianos y ancianas se quedaba en la aldea. Ellos nos juntaban en grupitos y nos enseñaban a encender el fuego; nos contaban historias de los animales de la montaña. Ellos decían que los lenca podíamos comunicarnos con los animales y a mí, siempre me decía que podría hablar con los pumas, ¿No me crees, Salvador?-

Yo si le creía al abuelo José y me quedaba mirando el fuego imaginando los ojos del puma y mi abuelo se quedaba dormido. Lo extraño mucho.
Adaptación para niños de una historia de F. Barralaga en https://reinolenca.wordpress.com/


Cuentos de Honduras

EL DÍA EN QUE JOSÉ DAVID PERDIÓ A SU AMIGO


Autora: Rucena Rodríguez
                

José David tenía 8 años cuando su mejor amigo se fue para siempre. Sólo le quedaban pedacitos de recuerdos. Vivía con su madre Angélica y su hermana mayor, pero su hermana era como su otra madre porque tenía 16 años, se llama Diana y lo cuidaba muy bien. Ellos vivían en Santa Bárbara, que es uno de los 18 departamentos de Honduras. Y aunque desde agosto es caliente y húmedo por causa de la lluvia, era un lugar muy hermoso para vivir. Su mamá trabajaba en una farmacia cerca del parque central donde estaba casi todo el día, mientras que José David y Diana iban al colegio por la mañana y por la tarde se quedaban en la casa haciendo los deberes del colegio y los quehaceres.

La rutina de José David era parecida todos los días. Se levantaba temprano, desayunaba con su familia y luego se iba a la escuela con Diana, regresaban al medio día y se reunían otra vez los tres a comer.

Él recuerda que un viernes su madre les propuso irse de paseo, ese fin de semana, a visitar a su tía a San Pedro Sula. Estaban muy animados, se fueron en el primer bus de la mañana. José David estaba más que emocionado por encontrar al vecinito de su tía. Wilfredo era su mejor amigo. Pese a que José David siempre pensaba en lo que haría cuando estuviera con Wilfredo, se ponía muy atento a la mitad del viaje y detenía sus pensamientos, porque le gustaba ver los sombreros de junco y la artesanía colorida a la orilla del camino.

Cuando llegaron, ese sábado, a San Pedro Sula, José David, ni siquiera terminó de saludar a su tía y se fue corriendo a la casa de Wilfredo. Tocó la puerta insistentemente gritando su nombre, sólo salió un anciano, José David lo reconoció: era su abuelo. Lo saludó con cariño y luego le dijo que Wilfredo se había ido a otro país con su madre. José David no entendió nada y volvió a la casa de su tía contrariado.

Cuando le preguntaron qué pasó, él les contó lo del viaje. Recuerda que las dos se miraron tristes y su tía le dijo que se fueron en busca de trabajo porque allá era mejor. Él sólo se acuerda que se puso a llorar.

José David se quedó desconsolado y recuerda que pensaba que porqué la gente se tiene que ir a otro país, pensaba que no hay mejor lugar que la tierra de uno. No sólo pensaba sino que sentía un montón de cosas feas en su corazón, para las cuales, no pudo encontrar palabras esa vez. El domingo retornaron a Santa Bárbara. También recuerda que iba triste y sin decir una palabra. Volvió a ver por la ventana los sombreros de junco, las alfombras de palma y las artesanías coloridas en la carretera, que tanto lo alegraban, pero no ese día. Recuerda que mientras pensaba en Wilfredo volvió a mirar los puestos del camino y se dio cuenta que sí habían cosas para hacer en su tierra.

Cuenta que ese lunes amaneció especialmente contento, saludó con un fuerte abrazo a su madre e incluso a Diana y se fue al colegio cantando una cancioncita, no se acuerda cuál era la canción. Al llegar a su aula le dijo al maestro que quería hablar con él ¡muy, pero muy urgentemente! El maestro, entre serio y sonriente, le preguntó qué era lo urgente, le pidió que le contara qué ocurría. José David, con palabras apuradas, le contó sobre Wilfredo y otra vez se puso triste, pero otra vez se puso alegre. Le dijo al maestro que era necesario que enseñen a todos en la escuela a tejer sombreros de junco, hacer alfombras de palma y artesanías coloridas. El maestro asombrado le preguntó por qué pedía eso. Recuerda que le respondió: -Es para tener un trabajo, podemos vender estas cosas, así no tendríamos que ir a otra tierra, abandonando a la familia y a los amigos-. Le dijo a su maestro con una gran sonrisa y abriendo los brazos ampliamente:-¡vamos a tejer y a pintar! ¡No quiero irme nunca de Honduras!


lunes, 11 de febrero de 2019

HONDURAS


EL MAR DE TELA
Autora: Rucena Rodríguez
El sol que mata
y la ola se va allá y la ola viene acá.
¡Corre, corre, con pasito corto, gaviotita!,
Mientras las olas mojan tus patitas.

Una ola grande se prepara imponente
Y la familia pelícano la mira con desdén,
Por más grande, ola bravucona,
Familia pelícano sobrevuela a la fanfarrona.

Cuando la ola engrandecida rompe en la orilla
No queda nada de su existencia,
Solo una espuma juguetona y moribunda
Es el vestigio de la ola vagabunda.

Gaviotita se cansa corriendo en la orilla espumeante,
Con su pasito corto apremiante,
Corriendo adentro, corriendo afuera,
Sin dejar una sola huella en la arena.

El cielo se ha puesto y un grupo de olas presuntuosas
Tratan de mostrar su último alarde.
Una lancha lucha contra ellas
a la última hora de la tarde.

La lancha se sacude, se golpea
Ahora arriba, ahora abajo,
El lanchero hábil la esquiva
Y se va hacia el poniente con desparpajo.

Ni una gaviota, ni un bañista,
Ni lancheros, ni pelícanos en el mar de Tela,
Sólo las olas se quedan solas,
luchando la noche entera.

APRESTAMIENTO A LA LECTURA Y ESCRITURA EN INICIAL  Rucena Rodríguez En mi opinión profesional, muchas de las actividades tradicionales utili...