sábado, 2 de marzo de 2019


Cuentos de Honduras

EL DÍA EN QUE JOSÉ DAVID PERDIÓ A SU AMIGO


Autora: Rucena Rodríguez
                

José David tenía 8 años cuando su mejor amigo se fue para siempre. Sólo le quedaban pedacitos de recuerdos. Vivía con su madre Angélica y su hermana mayor, pero su hermana era como su otra madre porque tenía 16 años, se llama Diana y lo cuidaba muy bien. Ellos vivían en Santa Bárbara, que es uno de los 18 departamentos de Honduras. Y aunque desde agosto es caliente y húmedo por causa de la lluvia, era un lugar muy hermoso para vivir. Su mamá trabajaba en una farmacia cerca del parque central donde estaba casi todo el día, mientras que José David y Diana iban al colegio por la mañana y por la tarde se quedaban en la casa haciendo los deberes del colegio y los quehaceres.

La rutina de José David era parecida todos los días. Se levantaba temprano, desayunaba con su familia y luego se iba a la escuela con Diana, regresaban al medio día y se reunían otra vez los tres a comer.

Él recuerda que un viernes su madre les propuso irse de paseo, ese fin de semana, a visitar a su tía a San Pedro Sula. Estaban muy animados, se fueron en el primer bus de la mañana. José David estaba más que emocionado por encontrar al vecinito de su tía. Wilfredo era su mejor amigo. Pese a que José David siempre pensaba en lo que haría cuando estuviera con Wilfredo, se ponía muy atento a la mitad del viaje y detenía sus pensamientos, porque le gustaba ver los sombreros de junco y la artesanía colorida a la orilla del camino.

Cuando llegaron, ese sábado, a San Pedro Sula, José David, ni siquiera terminó de saludar a su tía y se fue corriendo a la casa de Wilfredo. Tocó la puerta insistentemente gritando su nombre, sólo salió un anciano, José David lo reconoció: era su abuelo. Lo saludó con cariño y luego le dijo que Wilfredo se había ido a otro país con su madre. José David no entendió nada y volvió a la casa de su tía contrariado.

Cuando le preguntaron qué pasó, él les contó lo del viaje. Recuerda que las dos se miraron tristes y su tía le dijo que se fueron en busca de trabajo porque allá era mejor. Él sólo se acuerda que se puso a llorar.

José David se quedó desconsolado y recuerda que pensaba que porqué la gente se tiene que ir a otro país, pensaba que no hay mejor lugar que la tierra de uno. No sólo pensaba sino que sentía un montón de cosas feas en su corazón, para las cuales, no pudo encontrar palabras esa vez. El domingo retornaron a Santa Bárbara. También recuerda que iba triste y sin decir una palabra. Volvió a ver por la ventana los sombreros de junco, las alfombras de palma y las artesanías coloridas en la carretera, que tanto lo alegraban, pero no ese día. Recuerda que mientras pensaba en Wilfredo volvió a mirar los puestos del camino y se dio cuenta que sí habían cosas para hacer en su tierra.

Cuenta que ese lunes amaneció especialmente contento, saludó con un fuerte abrazo a su madre e incluso a Diana y se fue al colegio cantando una cancioncita, no se acuerda cuál era la canción. Al llegar a su aula le dijo al maestro que quería hablar con él ¡muy, pero muy urgentemente! El maestro, entre serio y sonriente, le preguntó qué era lo urgente, le pidió que le contara qué ocurría. José David, con palabras apuradas, le contó sobre Wilfredo y otra vez se puso triste, pero otra vez se puso alegre. Le dijo al maestro que era necesario que enseñen a todos en la escuela a tejer sombreros de junco, hacer alfombras de palma y artesanías coloridas. El maestro asombrado le preguntó por qué pedía eso. Recuerda que le respondió: -Es para tener un trabajo, podemos vender estas cosas, así no tendríamos que ir a otra tierra, abandonando a la familia y a los amigos-. Le dijo a su maestro con una gran sonrisa y abriendo los brazos ampliamente:-¡vamos a tejer y a pintar! ¡No quiero irme nunca de Honduras!


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