Cuentos de Honduras
Autora: Rucena Rodríguez
José David tenía 8 años cuando su mejor
amigo se fue para siempre. Sólo le quedaban pedacitos de recuerdos. Vivía con
su madre Angélica y su hermana mayor, pero su hermana era como su otra madre
porque tenía 16 años, se llama Diana y lo cuidaba muy bien. Ellos vivían en
Santa Bárbara, que es uno de los 18 departamentos de Honduras. Y aunque desde
agosto es caliente y húmedo por causa de la lluvia, era un lugar muy hermoso
para vivir. Su mamá trabajaba en una farmacia cerca del parque central donde
estaba casi todo el día, mientras que José David y Diana iban al colegio por la
mañana y por la tarde se quedaban en la casa haciendo los deberes del colegio y
los quehaceres.
La rutina de José David era parecida todos
los días. Se levantaba temprano, desayunaba con su familia y luego se iba a la
escuela con Diana, regresaban al medio día y se reunían otra vez los tres a
comer.
Él recuerda que un viernes su madre les
propuso irse de paseo, ese fin de semana, a visitar a su tía a San Pedro Sula.
Estaban muy animados, se fueron en el primer bus de la mañana. José David
estaba más que emocionado por encontrar al vecinito de su tía. Wilfredo era su
mejor amigo. Pese a que José David siempre pensaba en lo que haría cuando
estuviera con Wilfredo, se ponía muy atento a la mitad del viaje y detenía sus
pensamientos, porque le gustaba ver los sombreros de junco y la artesanía
colorida a la orilla del camino.
Cuando llegaron, ese sábado, a San Pedro
Sula, José David, ni siquiera terminó de saludar a su tía y se fue corriendo a
la casa de Wilfredo. Tocó la puerta insistentemente gritando su nombre, sólo
salió un anciano, José David lo reconoció: era su abuelo. Lo saludó con cariño
y luego le dijo que Wilfredo se había ido a otro país con su madre. José David
no entendió nada y volvió a la casa de su tía contrariado.
Cuando le preguntaron qué pasó, él les
contó lo del viaje. Recuerda que las dos se miraron tristes y su tía le dijo
que se fueron en busca de trabajo porque allá era mejor. Él sólo se acuerda que
se puso a llorar.
José David se quedó desconsolado y
recuerda que pensaba que porqué la gente se tiene que ir a otro país, pensaba
que no hay mejor lugar que la tierra de uno. No sólo pensaba sino que sentía un
montón de cosas feas en su corazón, para las cuales, no pudo encontrar palabras
esa vez. El domingo retornaron a Santa Bárbara. También recuerda que iba triste
y sin decir una palabra. Volvió a ver por la ventana los sombreros de junco,
las alfombras de palma y las artesanías coloridas en la carretera, que tanto lo
alegraban, pero no ese día. Recuerda que mientras pensaba en Wilfredo volvió a
mirar los puestos del camino y se dio cuenta que sí habían cosas para hacer en
su tierra.
Cuenta que ese lunes amaneció
especialmente contento, saludó con un fuerte abrazo a su madre e incluso a
Diana y se fue al colegio cantando una cancioncita, no se acuerda cuál era la
canción. Al llegar a su aula le dijo al maestro que quería hablar con él ¡muy,
pero muy urgentemente! El maestro, entre serio y sonriente, le preguntó qué era
lo urgente, le pidió que le contara qué ocurría. José David, con palabras
apuradas, le contó sobre Wilfredo y otra vez se puso triste, pero otra vez se
puso alegre. Le dijo al maestro que era necesario que enseñen a todos en la
escuela a tejer sombreros de junco, hacer alfombras de palma y artesanías
coloridas. El maestro asombrado le preguntó por qué pedía eso. Recuerda que le
respondió: -Es para tener un trabajo, podemos vender estas cosas, así no
tendríamos que ir a otra tierra, abandonando a la familia y a los amigos-. Le
dijo a su maestro con una gran sonrisa y abriendo los brazos
ampliamente:-¡vamos a tejer y a pintar! ¡No quiero irme
nunca de Honduras!
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