CUENTOS DE HONDURAS
Una
historia del abuelo José
Adaptación de un escrito de F. Barralaga
Rucena Rodríguez
Soy
Salvador, tengo 9 años y soy lenca, vivo en la zona alta de Intibucá. Yo
siempre me acuerdo de mi abuelo y de sus historias. Él tenía 80 años cuando se
fue para el cielo, se llamaba José. Me narraba historias fantásticas de cuando
no habían tantas ciudades y los lenca vivían felices.
Mi abuelo
José se acordaba de su niñez ahí, echado en su hamaca. Sus ojos miraban
fijamente la fogata que calentaba en la noche, mientras que la luna llena
alumbraba todo el lugar como un farol. De repente, se quedaba quieto, inmóvil,
como una imagen de barro negro, y se reía acordándose de cuando era niño, me
miraba y me decía:
-Salvador,
yo fui un niño afortunado-
Entonces yo
ya sabía que me contaría historias increíbles de cuando no había edificios ni
autos, ni tanta gente. Yo me sentaba, desde que me acuerdo, a lado de mi abuelo
y lo escuchaba.
-¡Salvador!-,
decía mi abuelo. -Yo crecí cuidado por muchos padres y madres y muchísimas
hermanas y hermanos, hicimos muchas travesuras y aprendimos muchos juegos.
Todas las mujeres de la aldea eran mis mamás ya que todas nos cuidaban, y había
una en especial que siempre me decía que me había llevado en su pancita, pero
todas mis demás mamás me dieron algo especialmente hermoso que recordar.
Los hombres
adultos, también se ocupaban de todos nosotros sin distinción, así que teníamos
muchos papás. Nuestros padres, eran inmensamente felices cuando les pedíamos
jugar con nosotros. Salían de mañana a cazar o a pescar, en grupos, riendo y
haciéndose bromas entre ellos, o salían a ver los cultivos, pero siempre,
cuando el sol estaba muy alto, regresaban a ocuparse de nosotros los niños y de
las mujeres de nuestra tranquila comunidad-.
Yo me quedaba callado, imaginándome cómo sería vivir
así, mi abuelo José también se quedaba callado y se reía solito. Recordaba y
decía:
-Sabes, Salvador, había un anciano que siempre me
sonreía con ternura, mientras, divertido, me miraba. Estaba muy viejito, por
eso no salía con los grupos de hombres, y junto con los otros ancianos y
ancianas se quedaba en la aldea. Ellos nos juntaban en grupitos y nos enseñaban
a encender el fuego; nos contaban historias de los animales de la montaña.
Ellos decían que los lenca podíamos comunicarnos con los animales y a mí, siempre
me decía que podría hablar con los pumas, ¿No me crees, Salvador?-
Yo si le creía al abuelo José y me quedaba mirando el
fuego imaginando los ojos del puma y mi abuelo se quedaba dormido. Lo extraño
mucho.
Adaptación para niños de una historia de F. Barralaga en https://reinolenca.wordpress.com/
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