sábado, 2 de marzo de 2019


CUENTOS DE HONDURAS

Una historia del abuelo José
Adaptación de un escrito de F. Barralaga
Rucena Rodríguez

Soy Salvador, tengo 9 años y soy lenca, vivo en la zona alta de Intibucá. Yo siempre me acuerdo de mi abuelo y de sus historias. Él tenía 80 años cuando se fue para el cielo, se llamaba José. Me narraba historias fantásticas de cuando no habían tantas ciudades y los lenca vivían felices.

Mi abuelo José se acordaba de su niñez ahí, echado en su hamaca. Sus ojos miraban fijamente la fogata que calentaba en la noche, mientras que la luna llena alumbraba todo el lugar como un farol. De repente, se quedaba quieto, inmóvil, como una imagen de barro negro, y se reía acordándose de cuando era niño, me miraba y me decía:

-Salvador, yo fui un niño afortunado-

Entonces yo ya sabía que me contaría historias increíbles de cuando no había edificios ni autos, ni tanta gente. Yo me sentaba, desde que me acuerdo, a lado de mi abuelo y lo escuchaba.

-¡Salvador!-, decía mi abuelo. -Yo crecí cuidado por muchos padres y madres y muchísimas hermanas y hermanos, hicimos muchas travesuras y aprendimos muchos juegos. Todas las mujeres de la aldea eran mis mamás ya que todas nos cuidaban, y había una en especial que siempre me decía que me había llevado en su pancita, pero todas mis demás mamás me dieron algo especialmente hermoso que recordar.

Los hombres adultos, también se ocupaban de todos nosotros sin distinción, así que teníamos muchos papás. Nuestros padres, eran inmensamente felices cuando les pedíamos jugar con nosotros. Salían de mañana a cazar o a pescar, en grupos, riendo y haciéndose bromas entre ellos, o salían a ver los cultivos, pero siempre, cuando el sol estaba muy alto, regresaban a ocuparse de nosotros los niños y de las mujeres de nuestra tranquila comunidad-.

Yo me quedaba callado, imaginándome cómo sería vivir así, mi abuelo José también se quedaba callado y se reía solito. Recordaba y decía:

-Sabes, Salvador, había un anciano que siempre me sonreía con ternura, mientras, divertido, me miraba. Estaba muy viejito, por eso no salía con los grupos de hombres, y junto con los otros ancianos y ancianas se quedaba en la aldea. Ellos nos juntaban en grupitos y nos enseñaban a encender el fuego; nos contaban historias de los animales de la montaña. Ellos decían que los lenca podíamos comunicarnos con los animales y a mí, siempre me decía que podría hablar con los pumas, ¿No me crees, Salvador?-

Yo si le creía al abuelo José y me quedaba mirando el fuego imaginando los ojos del puma y mi abuelo se quedaba dormido. Lo extraño mucho.
Adaptación para niños de una historia de F. Barralaga en https://reinolenca.wordpress.com/

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