jueves, 7 de marzo de 2019

¡Yuridia presidente!

 Rucena Rodríguez 
Yuridia soñadora, Yuridia muy prudente,
Camina con sus padres, con las bolsas calientes.
Están lista las tortillas, los panqueques y el pan de casa,
Desde las cuatro de la mañana que sus papás amasan.

Montados los tres en un coche viejo
¡Pero el coche por lo menos camina!
Van su padre, su madre
Y la pequeña Yuridia,

Instalan el puesto callejero
Bien ordenado y limpio como casa, 
Han colocado con mucho esmero
Las galletas, el pan, los pasteles y otras masas.

Yuridia tiene velocidad matemática
Porque a ella le gusta cobrar
Y su maestra siempre le dice:
¿Hoy también nos vas a asombrar?

Hoy es un día especial en su aula,
Han decido nombrar presidente;
Yuridia piensa que como es tan organizada
Puede ser una líder muy diligente.

Su corazoncito salta y levanta la mano,
Quiere proponerse sin ningún desgano,
Su confiancita crece y le dice a los presentes:
¡Me propongo para presidente!

Jaime la mira con desdén arrebatado
Y le grita a la profesora, preocupado
Pero maestra, maestra, ¡mire usted!
¿Para presidenta? ¡Si ella es mujer!

Yuridia no le escucha,
Su padre siempre le repite:
Si tú quieres no hay barreras
Si tú quieres, todo es posible.

Los comicios han comenzado,
Jorge y Yuridia compiten,
Jorge 14 votos, Yuridia 19
¡Las mujeres han ganado!

sábado, 2 de marzo de 2019

CUENTOS DE HONDURAS
¡VAMOS AL GUANCASCO!
Rucena Rodríguez Q.

Algunos dicen que los lenca son parientes de los mayas y otros dicen que no. Lo que sí es seguro es que son grandes artesanos, expertos agricultores y gente de bien.

Cuentan que el viajero investigador Squier escuchó que los indios de Guajiquiro (La Paz) llamaban a su lengua “lenca” y como habían otros pueblos cerca, Squire decidió llamarles a todos lenca. A los Care, a los Cerquin,  a los Poton, y talvez a algunos otros. Squire habrá dicho:

-      ¡Caramba! Son muchos nombres y me olvido, yo los llamaré lenca ¡y punto!-

Todos estos pueblos se parecían en sus costumbres, aunque no vivían muy cerca unos de otros. Pero había un pequeño problemita: cada grupo o pueblo tenía un linaje de guerreros, y  ya sabemos que pasa cuando hay guerreros. Claro, se peleaban todo el tiempo entre ellos.

Había cuatro pueblos principales que hablaban la misma lengua, pero que igual se peleaban. Un día, el cacique o jefe de un pueblo les dijo a los otros tres:

-      - ¡Ya basta! Ya no nos tenemos que pelear por que hablamos la misma lengua y nos podemos entender, entonces hagamos un pacto de paz-

Bueno, en realidad talvez no pasó exactamente  eso, pero lo que sí es seguro  es que hicieron el pacto de paz. Para festejar tremendo acontecimiento, los cuatro pueblos hicieron una gran fiesta y la llamaron “El guancasco” que significa nada más ni nada menos que “El encuentro”.

Esta fiesta se celebra todavía en varia poblaciones lenca y se arma todo un alboroto porque un pueblo visita al otro, llevando a su Santo Patrón para que salude al Santo Patrón de la comunidad que visitan. Salen en romería con tambos y flautas y festejan todos juntos la unión y la paz por varios días.  Si alguna vez llegas por Comayagua o por La Paz, en la fecha correcta talvez te inviten al guancasco y puedas comer una marraqueta de maíz, tu tamalito y unas ricas tortillas, porque todos son bienvenidos. Y en tu región ¿Festejan todavía el guancasco?
Datos históricos obtenidos de www.honduranart.com


CUENTOS DE HONDURAS
MI PELO ES MI IDENTIDAD

Inspirado en las historias de Afrofemeninas
y las niñas de la comunidad garífuna Triunfo de la Cruz en Honduras
Rucena Rodríguez

Soy Hathy (nombre garífuna que significa luna, se pronuncia Jati). Me fui a vivir a otra  cuidad de Honduras. Tuve que cambiar de escuela. La primera vez que fui a la nueva escuela con mi pelo suelto,  mis nuevos compañeros y compañeras que no habían visto un cabello como el mío, antes, se rieron. Todos y todas lo querían tocar, cuando llegué a casa pregunte a mamá, -¿Qué tengo, mamá? ¿Por qué los niños y las niñas se asombraron al ver mi pelo?-

La primera vez que llevé dos colas  maravillosamente esponjadas, entré al aula y ocurrió lo mismo. Una niña me dijo: -¡Parecen pompones! -¿Si te estiro fuerte te duele?- ¡Claro que me dolía! Pero también me dolía el corazón. Al volver a mi casa le dije a mi madre -Por favor, ¡sujétame el pelo, mamá, no lo sueltes!-.

Luchaba con mi cabello todos los días. .-Quiero tener el pelo como las demás niñas, mamá- Pero mi mamá no se recoge el pelo, se lo deja suelto o en unas hermosas trenzas coloridas. Ella me abraza, sonríe, y siempre me dice: -Te amo y debes amarte tú tal como eres. No hagas caso, tu pelo es hermoso como el mío y como el de tus abuelas, tu pelo es tu identidad-.

Me di cuenta que mi pelo me hace especial y única, me encanta libre y alborotado, no lo cambiaría por nada, tampoco a mis hermosas y únicas trenzas con vinces de colores, ¡las adoro!

He vuelto a mi Comunidad  y he regresado a mi tierra Sangrelaya.  Ahora enseño a las niñas más pequeñas a peinar el cangaro con hermosas trenzas y vinces de colores que son una  obra de arte y siempre hago lo mismo, las abrazo y les digo – Ámate tú, eres distinta y especial, nadie lo sabrá si tú no lo sabes-. Sé que todo lo que pasé puede ayudar a niñas que en algún momento se sienten o se sintieron como me sentía yo y les diré siempre que deben saber que son preciosas.

Inspirado en escritos de www. Afrofemeninas.com
Agradecimentos a Saira Álvarez por su retroalimentación contextual.


CUENTOS DE HONDURAS

Una historia del abuelo José
Adaptación de un escrito de F. Barralaga
Rucena Rodríguez

Soy Salvador, tengo 9 años y soy lenca, vivo en la zona alta de Intibucá. Yo siempre me acuerdo de mi abuelo y de sus historias. Él tenía 80 años cuando se fue para el cielo, se llamaba José. Me narraba historias fantásticas de cuando no habían tantas ciudades y los lenca vivían felices.

Mi abuelo José se acordaba de su niñez ahí, echado en su hamaca. Sus ojos miraban fijamente la fogata que calentaba en la noche, mientras que la luna llena alumbraba todo el lugar como un farol. De repente, se quedaba quieto, inmóvil, como una imagen de barro negro, y se reía acordándose de cuando era niño, me miraba y me decía:

-Salvador, yo fui un niño afortunado-

Entonces yo ya sabía que me contaría historias increíbles de cuando no había edificios ni autos, ni tanta gente. Yo me sentaba, desde que me acuerdo, a lado de mi abuelo y lo escuchaba.

-¡Salvador!-, decía mi abuelo. -Yo crecí cuidado por muchos padres y madres y muchísimas hermanas y hermanos, hicimos muchas travesuras y aprendimos muchos juegos. Todas las mujeres de la aldea eran mis mamás ya que todas nos cuidaban, y había una en especial que siempre me decía que me había llevado en su pancita, pero todas mis demás mamás me dieron algo especialmente hermoso que recordar.

Los hombres adultos, también se ocupaban de todos nosotros sin distinción, así que teníamos muchos papás. Nuestros padres, eran inmensamente felices cuando les pedíamos jugar con nosotros. Salían de mañana a cazar o a pescar, en grupos, riendo y haciéndose bromas entre ellos, o salían a ver los cultivos, pero siempre, cuando el sol estaba muy alto, regresaban a ocuparse de nosotros los niños y de las mujeres de nuestra tranquila comunidad-.

Yo me quedaba callado, imaginándome cómo sería vivir así, mi abuelo José también se quedaba callado y se reía solito. Recordaba y decía:

-Sabes, Salvador, había un anciano que siempre me sonreía con ternura, mientras, divertido, me miraba. Estaba muy viejito, por eso no salía con los grupos de hombres, y junto con los otros ancianos y ancianas se quedaba en la aldea. Ellos nos juntaban en grupitos y nos enseñaban a encender el fuego; nos contaban historias de los animales de la montaña. Ellos decían que los lenca podíamos comunicarnos con los animales y a mí, siempre me decía que podría hablar con los pumas, ¿No me crees, Salvador?-

Yo si le creía al abuelo José y me quedaba mirando el fuego imaginando los ojos del puma y mi abuelo se quedaba dormido. Lo extraño mucho.
Adaptación para niños de una historia de F. Barralaga en https://reinolenca.wordpress.com/


Cuentos de Honduras

EL DÍA EN QUE JOSÉ DAVID PERDIÓ A SU AMIGO


Autora: Rucena Rodríguez
                

José David tenía 8 años cuando su mejor amigo se fue para siempre. Sólo le quedaban pedacitos de recuerdos. Vivía con su madre Angélica y su hermana mayor, pero su hermana era como su otra madre porque tenía 16 años, se llama Diana y lo cuidaba muy bien. Ellos vivían en Santa Bárbara, que es uno de los 18 departamentos de Honduras. Y aunque desde agosto es caliente y húmedo por causa de la lluvia, era un lugar muy hermoso para vivir. Su mamá trabajaba en una farmacia cerca del parque central donde estaba casi todo el día, mientras que José David y Diana iban al colegio por la mañana y por la tarde se quedaban en la casa haciendo los deberes del colegio y los quehaceres.

La rutina de José David era parecida todos los días. Se levantaba temprano, desayunaba con su familia y luego se iba a la escuela con Diana, regresaban al medio día y se reunían otra vez los tres a comer.

Él recuerda que un viernes su madre les propuso irse de paseo, ese fin de semana, a visitar a su tía a San Pedro Sula. Estaban muy animados, se fueron en el primer bus de la mañana. José David estaba más que emocionado por encontrar al vecinito de su tía. Wilfredo era su mejor amigo. Pese a que José David siempre pensaba en lo que haría cuando estuviera con Wilfredo, se ponía muy atento a la mitad del viaje y detenía sus pensamientos, porque le gustaba ver los sombreros de junco y la artesanía colorida a la orilla del camino.

Cuando llegaron, ese sábado, a San Pedro Sula, José David, ni siquiera terminó de saludar a su tía y se fue corriendo a la casa de Wilfredo. Tocó la puerta insistentemente gritando su nombre, sólo salió un anciano, José David lo reconoció: era su abuelo. Lo saludó con cariño y luego le dijo que Wilfredo se había ido a otro país con su madre. José David no entendió nada y volvió a la casa de su tía contrariado.

Cuando le preguntaron qué pasó, él les contó lo del viaje. Recuerda que las dos se miraron tristes y su tía le dijo que se fueron en busca de trabajo porque allá era mejor. Él sólo se acuerda que se puso a llorar.

José David se quedó desconsolado y recuerda que pensaba que porqué la gente se tiene que ir a otro país, pensaba que no hay mejor lugar que la tierra de uno. No sólo pensaba sino que sentía un montón de cosas feas en su corazón, para las cuales, no pudo encontrar palabras esa vez. El domingo retornaron a Santa Bárbara. También recuerda que iba triste y sin decir una palabra. Volvió a ver por la ventana los sombreros de junco, las alfombras de palma y las artesanías coloridas en la carretera, que tanto lo alegraban, pero no ese día. Recuerda que mientras pensaba en Wilfredo volvió a mirar los puestos del camino y se dio cuenta que sí habían cosas para hacer en su tierra.

Cuenta que ese lunes amaneció especialmente contento, saludó con un fuerte abrazo a su madre e incluso a Diana y se fue al colegio cantando una cancioncita, no se acuerda cuál era la canción. Al llegar a su aula le dijo al maestro que quería hablar con él ¡muy, pero muy urgentemente! El maestro, entre serio y sonriente, le preguntó qué era lo urgente, le pidió que le contara qué ocurría. José David, con palabras apuradas, le contó sobre Wilfredo y otra vez se puso triste, pero otra vez se puso alegre. Le dijo al maestro que era necesario que enseñen a todos en la escuela a tejer sombreros de junco, hacer alfombras de palma y artesanías coloridas. El maestro asombrado le preguntó por qué pedía eso. Recuerda que le respondió: -Es para tener un trabajo, podemos vender estas cosas, así no tendríamos que ir a otra tierra, abandonando a la familia y a los amigos-. Le dijo a su maestro con una gran sonrisa y abriendo los brazos ampliamente:-¡vamos a tejer y a pintar! ¡No quiero irme nunca de Honduras!


APRESTAMIENTO A LA LECTURA Y ESCRITURA EN INICIAL  Rucena Rodríguez En mi opinión profesional, muchas de las actividades tradicionales utili...